Jabón con esencia de coco

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Fermina la del Barrio

Mariana tiene un par de semanas sin tocar a un hombre. No es que Mariana sea promiscua ni adicta al sexo. No. Era sólo esa necesidad de tener un hombre cerca y sentirlo por unos minutos para descargar un poco de frustración. Mariana no se había percatado del tiempo que había pasado lejos de un varón hasta que una mañana despertó a las 6:30 a.m. para tomar un baño, desayunar un café negro con pan tostado y un plátano. ¿Plátano? ¿Esa fruta encorvada, alargada, de unos 10-15 centímetros justo como un pene? ¿Pene? ¿Cómo el que tienes rato sin probar, eh, Mariana? Sí, un plátano. Sí, tiene forma de pene. Sí, Mariana fantaseó con ese plátano mientras lo introducía en su boca y le daba una buena mordida. Aunque no quiera aceptarlo, incluso se tomó ella misma de la nuca y se empujó hacia el fruto para atragantarse con él. Se excitó.

Trató de olvidar el suceso, se le hacía tarde para llegar a la oficina. Se lavó los dientes y corrió a su coche para evitar el tráfico de las 8:00 a.m. El auto es un Toyota Tercel modelo 98 de transmisión manual. Estándar, como dice Mariana porque es muy norteña. Metió el embrague, introdujo la llave y encendió el coche. Tomó la palanca de cambios para poner la reversa y… qué bien se sentía esa palanca. Mariana nunca había puesto atención a ese mecanismo. La parte superior un tanto más ancha que el resto, justo como el glande sobre el pene. Mariana acarició la palanca mientras con su mano izquierda rozaba su pierna. Si tan sólo esa palanca no fuera una palanca y fuera un pene, un pene gordito y bonito como el de su exnovio…

-¡Se compran lavadoras, refrigeradores, microondas y todo tipo de chatarra…!- al son de esta grabación, Mariana regresó de su trance erótico con la palanca de cambios. Las 7:50 a.m., sólo tiene diez minutos para llegar a la empresa de utencilios médicos donde era asistente bilingüe por 8,000 pesos al mes. Más vales de despensa, claro está. –Ni de pedo la voy a hacer. Otro mes que pierdo el bono de puntualidad-. Mariana olvidó prender la radio para distraerse mientras manejaba a lo largo del bulevar que lleva el nombre de un conocido expresidente que se encargó de hacer justo lo contrario que el actual. Pasó por la caseta del aparcamiento, estacionó el auto y fue a prisa al checador.

-Las 8:03, señorita Mariana.

–Tenemos cinco minutos de tolerancia, ¿no?

-Pero no diarios.

Mientras caminaba por el pasillo lleno de cubículos para tomar un café y con eso justificar sus ahora seis minutos tarde delante del jefe, pasó por un dispensador de gel antibacterial, de esos que se pusieron muy de moda después del brote de influenza A (H1N1) por allá en el 2009. Mariana apretó el gran botón con la parte baja de la palma de su mano, el gel transparente cayó justo en el centro de esta y después cerró su puño para bañarse los dedos de ese líquido. Ese líquido transparente. Transparente. Transparente como el líquido preseminal. Como el que sale de un pene cuando lo estimulas con tus manos. Abajo, arriba, abajo, arriba, abajo, arriba… y sale. Sale y te moja los dedos. Dedos que luego introduces a tu boca para después combinar tu saliva y ese líquido y humedecer el miembro viril de….

-¿Te paso el azúcar?

-No, gracias.

-¿Y la crema?

-No, tampoco, gracias. Me gusta negro.

-¿Negro?

-O sea, fuerte.

-¿Fuerte?

-Sí, pues, duro.

-¿Duro?

-Que diga, amargo. Sí, así, solo, gracias.

Mariana se asomó a la oficina del jefe, el gerente de programación o software development, como le pone ella en los oficios que manda a la matriz de la empresa que está en California. El gerente, un gringo  de nombre John, ni siquiera notó su llegada. Se sentó en su escritorio, prendió la computadora y abrió el correo electrónico para revisar pendientes. La verdad es que Mariana se toma la primera parte de su jornada laboral leyendo noticias de la BBC (también una que otra de Upsocl y Buzzfeed como placeres culposos) y hasta después de la hora de comida hace parte del trabajo. Como John no sabe ni jota de español, Mariana finge chatear por hangouts con compañeros de trabajo, pero en realidad son sus amigas de la preparatoria que comentan lo que hicieron el fin de semana pasado.

-Mary, come to my office, please.

-Sure, I´m cumming. I mean, coming. I´m coming, boss.

Ojalá fuera cumming, que la pobre se lo ha estado saboreando toda la mañana.

-It´s lunch time, see you in an hour.

Mariana siempre comía sola con el pretexto de que se habían llenado las mesas, pero lo hacía a propósito: se demoraba de más en el baño para hacer tiempo y llegar cuando ya todo estuviera ocupado. Así que fiel a su estrategia, pasó al baño y fingió orinar. Cuando dejó de escuchar voces, salió a lavarse las manos. Sin prestar atención, presionó el dispensador de jabón marca Blumen con esencia de coco. Bajó la mirada y en su mano tenía semen. Bueno, no era semen, pero sí se parecía bastante. Mariana creyó delirar. Revisó que nadie estuviera observándola y se acercó el jabón para olerlo. Coco, olía a coco y alcohol. Pero ella no podía dejar de pensar en semen; eso era semen. Se enjuagó las manos y se dispuso a ir al comedor. Sin embargo, no lo hizo. Regresó y observó el jabón. Volteó a ambos lados y volvió a verter el productor en su mano. Lo miraba fijamente. Semen. ¿Hace cuánto que no veías semen en tu mano, Mariana? ¿Hace cuánto que no ves semen en tu pecho? No quiere admitirlo, pero Mariana pensó en desabotonarse la blusa de su uniforme, dejar el sostén al descubierto y rociarse Blumen de esencia de coco entre los senos.

-Ya se va a acabar la hora del lunch. ¿Por qué no se va igual de rápido el tiempo cuando estás trabajando?

-Ay, sí, ya sé. Sólo me voy a retocar al maquillaje y me voy a echar un poco de body para no oler a la ensalada de atún que traje de mi casa y ya me regreso a mi compu.

Mariana se dio cuenta que había pasado la mayor parte de su descanso imaginando el detergente viscoso y blancuzco sobre su pecho. Ya solo faltaban cuatro horas para terminar la jornada y no se había podido comer el bistec con papas y arroz rojo que le había mandado su mamá para almorzar. Regresó a su espacio de trabajo y John ya le tenía una lista de pendientes para antes de salir. Sin titubear las atendió, con la esperanza de que tener la mente ocupada le relajaría las hormonas. No, por supuesto que eso no pasó.

-Mary, are you ok?-, le preguntó su jefe mientras le tocaba el hombro. Mariana se había quedado clavada en sus pensamientos y la mano de John la puso nerviosa. –Sure, just a little worried-. ¿Worried? ¿En serio, Mariana? ¿Preocupada de volver al celibato o qué?

–Well, I really need that stuff finished before you leave…

–Ok.

Se hicieron las 5:00 p.m., Mariana terminó sus compromisos y se despidió del gringo. Fue al checador, caminó hasta su coche y lo encendió tratando de no pensar en esa palanca de cambios. Ya de regreso a casa le suena su celular.

-Hija, ¿ya vienes pa´la casa? Es que te quiero encargar que llegues a la Guadalupana por unas cosas. Bueno, sólo es una, mi´ja. Ya ves que se le ha estado cayendo mucho el cabello a tu papá y me dijo la instructora de zumba que lo mejor que se podía echar era el champú de bergamota.

-¿De qué?

-De bergamota, es natural y dicen que es rebueno pa´eso.

-¿Bergamota?

-Sí, Mariana. Bergamota.

Berga-mota. Berga. Mota. Verga. Eso es lo que necesitaba. Una verga. Pero no en la cabeza, la necesitaba en su vagina, en su vulva, en todo su cuerpo. Unos vergazos.

-Yo lo compro, amá.

Llegó a su casa y su dirigió directo a su recámara.

-Mi´ja, ¿y el champú?

-¿Cuál champú?

-El de tu papá.

-Oh, qué la verga.

-¿Qué?

-Que si el de la bergamota. Se me olvidó, perdón, ahorita lo compro.

-¿En qué andas pensando, mi´ja?

-Pues en el champú, amá.

Ya recostada en su cama, Mariana recibió una notificación: ¡Tienes un nuevo match! No dudó en abrir la app para ver de quién se trataba. Lucas, 29 años, estudiante de maestría, solo de paso por la ciudad pues venía a visitar a sus papás. Tenía que esperar a que el tipo le hablara, no quería verse tan desesperada.

–Hey! Como estas????

–Bien, tu que tal?

-Igual, tenía rato sin venir a la ciudad, ya la extrañaba

-Si se extraña el rancho cuando andas lejos

-Que tal si me aceptas una cerveza y me pones al día de lo que a pasado por estos rumbos

-Perfecto : )

-Puedes hoy a las 8????

-Claro!!!!!!!!

Mariana se relajó. Ya había conseguido su anhelado pene.

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