Assassin’s Creed, una película sin alma

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Pepe Paco Vera (Don Plateado)

Recientemente en México se estrenó la película homónima al videojuego Assassin’s Creed (Justin Kurzel, 2016), una de las cintas más esperadas por todos aquellos que desde el inicio de la saga (2007) hemos seguido las aventuras de la secta de los Asesinos, quienes tratan de impedir que los Templarios erradiquen el libre albedrío del Hombre.

Sin embargo, aunque la trama del videojuego logra atrapar al espectador desde una narrativa que combina de forma magistral elementos históricos con “teorías de conspiración”, la película no logra trascender más allá de la emoción pasajera de ver tu saga de videojuegos favorita representada en live-action. En efecto, Assassin’s Creed cae en la misma fórmula que han seguido las películas basadas en videojuegos desde la gran incursión de Mario en la pantalla grande (Mario Bross, Rocky Morton, 1993). Cuando una compañía o franquicia pierde relevancia en el plano de los videojuegos, busca expandir su mercado y encuentra en el cine un nuevo target para vender su producto, pero sin preocuparse por contar una historia que logre trascender. Desde Resident Evil (Paul Anderson, 2002) hasta la reciente adaptación del juego para móviles Angry Birds (Clay Kaytis, 2016), y por supuesto, Assassin’s Creed, cuando el concepto del videojuego deja de ser rentable o entra en crisis por una u otra razón, los productores buscan expandir su mercado a las salas de cine, pero sin ofrecer una historia que valga la pena ser contada.

Esto se ve reflejado con la película de la que hablaremos hoy. Desde el punto de vista de la construcción de la historia que vemos en pantalla, la cinta no logra encontrar una fórmula que logre mantener al espectador emocionado en su asiento durante la mayor parte del filme. Por un lado, busca contar una historia centrada en la modernidad: cómo la violencia ha sido una enfermedad en el ser humano, y de qué forma el llamado “fruto del Edén” podría contener la cura para ese mal. Por otro lado, nos narra la búsqueda del fruto en un contexto histórico: el final de la conquista de Granada y la Inquisición española, así como el choque entre los Asesinos y los Templarios por la búsqueda del fruto. El problema con esta doble narrativa es que, al no estar bien construida, uno siente que está viendo dos películas diferentes que no logran compaginarse y cerrar satisfactoriamente en el tercer acto, lo que deja en el espectador una sensación de incertidumbre ante el final (por demás forzado) de la trama.

Seguramente hubiese sido mucho más provechoso que la historia se centrara en Aguilar (Michael Fassbender), el antepasado de Callum Lynch, y se dejara el contexto del conflicto moderno entre Asesinos y Templarios para la posible secuela con la que (repito, forzosamente) intentan cerrar la cinta. En efecto, el alma del videojuego se basa en la reconstrucción histórica del pasado a través de sus grandes ciudades: Jerusalén, Acre, Venecia, Roma, París, Londres; así como un desarrollo coherente de la trama que combina hechos históricos verdaderos con teorías conspirativas que dejan preguntándose al espectador sobre la veracidad de la misma Historia. En este sentido, el conflicto moderno entre Asesinos y Templarios no es más que una excusa para transportarnos al pasado, donde se desarrolla la verdadera historia del juego.

Dado que la película salta de una temporalidad a otra, los personajes no logran desarrollarse correctamente en la gran pantalla. Aguilar, del cual uno esperaría que tuviera un mayor peso en la trama, aparece más bien como un pretexto, una mera ilusión que sólo está ahí para que los Templarios obtengan lo que quieren del pasado para ser desechado casi de inmediato. De igual forma, el personaje de María (Ariane Labed) es tristemente desaprovechado, pues al principio se muestra como una figura poderosa y misteriosa, con la cual el espectador podría generar cierta empatía y curiosidad por las circunstancias que la llevaron a entrar a la hermandad de los Asesinos, pero que por el mismo empeño de la película por dar saltos temporales, simplemente se difumina antes de llegar al tercer acto. Sin duda, fue una gran decepción no poder ver a esta pareja por más tiempo en pantalla.

En cuanto a Callum Lynch (Michael Fassbender), aunque su evolución a lo largo de la película está mejor definida, no parece existir un conflicto claro que le obligue a cambiar radicalmente su postura en torno a los Asesinos, y el final más parece un resultado al estilo Deus ex Machina poco satisfactorio. Aunque la actuación de Fassbender no deja de ser buena, es poco lo que puede hacer el actor ante un personaje que en esencia está concebido para ser plano y forzado. Por otro lado, la relación entre Sophia Rikkin y Alan Rikki (Marion Cotillard y Jeremy Irons) cae en el cliché: una hija que se encuentra a la sombra del padre, y que al final busca venganza por los hechos que ella misma desató.

El escenario y la representación histórica de la lucha por Granada están, hay que reconocerlo, bastante bien logrados. Quizá el único pero es el exceso de CGI (algo común en nuestros tiempos modernos) y que la ambientación puede observarse demasiada sombría. Sin embargo, las secuencias de acción y de parkour logran emocionar al público y rescatar algo de la esencia de los juegos de video. Sin embargo, esto no es suficiente. Assasssin’s Creed pudo haber sido una buena película si se hubiese optado por un filme enteramente histórico o completamente moderno, pero la productora terminó por contarnos una historia sin alma, que no respetó la esencia de los juegos originales ni buscó atraer a nuevos fans. Sencillamente es una película medianamente entretenida, pero que no convence ni a propios ni a extraños.

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